Sucedió en una de las fiestas del poblado del Troncón, Municipio de Mezquital, en las que corría el licor a manos llenas entre los pobladores, principalmente del sexo masculino quienes tomaban sin ton ni son hasta embriagarse. Dicho licor no les resultaba muy difícil adquirirlo ya que en lugares cercanos existían y existen vinatas donde el mezcal escurre día y noche; por ayudar un poco a los dueños en los trabajos que estos menesteres requieren, amablemente son recompensados con una buena botella de mezcal. En aquellos días andaba Don Nicolás Cabrera acompañado por su compadre Emilio Salinas, personas conocidas por su habituidad en el beber mezcal; quienes en una vinata cercana comenzaron a beber, se trasladaron al centro del poblado donde había un gran festín; cada quien traía un morral al hombro con una buena botella de mezcal. Estas personas se apartaron del lugar a una de las calles principales denominada "Calle Real", ahí se divirtieron alegremente tomando, gritando y cantando. Hasta este lugar llegó un individuo desconocido vestido de negro quien se les acercó y éstos inmediatamente le ofrecieron un trago, el cual, aceptó amablemente. Enseguida comenzaron a platicar con una confianza como si lo conocieran desde muchos años atrás; tanta confianza les tomó este individuo que los invitó a un lugar conocido por ellos denominado el "Cerro Bola", en el cual decía estaban enterradas cuarenta cargas de oro y él sabía exactamente dónde se encontraban. Él argumentaba que estas dos personas le habían caído muy bien y deseaba compartir con ellas aquel tesoro. Los individuos al escuchar al desconocido inmediatamente les invadió una felicidad mezclada con ambición y codicia, y en sus adentros comenzaron a hacer planes de lo que realizarían con el supuesto tesoro. Habiendo hecho cuentas de lo que harían con el oro, dijo Don Emilio muy entusiasmado que, de inmediato se trasladaran al lugar señalado; emocionados con lo dicho por el señor que se acababa de integrar al grupo, caminaron rumbo al "Cerro Bola", salieron por la "Garita" derecho a la "Providencia", cantando, abrazados sin olvidar de vez en cuando darle un buen trago a la botella de mezcal; subieron a la "Mesa del Panteón" igual de contentos como habían iniciado el viaje. Ya a lo cerca se divisaba su objetivo; pero antes de bajar al arroyo que lleva hasta este lugar, Don Colás se detuvo a mirar fijamente los pasos que iban dando diciendo de pronto: - “Oye compadre, ¿ ya te fijaste que este señor tiene una pata de gallo” ?. Dicho esto, el desconocido aventó hacia los lados a los compadres dejándole marcada la mano en la espalda a uno de estos como si le hubieran quemado con un fierro de herrar, desapareciendo como por arte de magia. Estos asustadísimos hasta se les bajó la borrachera y regresaron corriendo hasta sus casas contando lo sucedido a sus familiares, quienes dijeron que era el mismísimo diablo el que los había acompañado por andar de parranderos. Desde entonces ya no aceptaban amistad inmediata con desconocidos y Don Emilio cargó en su espalda con la marca de la mano del diablo para siempre.
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