Más destrucción que ganancias dejó a su paso por la región del Mezquital la Rebelión Cristera; los protagonistas de repente se convirtieron en prófugos de la justicia, en bandidos, facinerosos; los seguidores nunca supieron la esencia de la lucha, sólo había que combatir a los federales, a defender la religión a costa de lo que fuera.Cual grupo de bandoleros asolaron la región causando pánico y miedo entre la ciudadanía, numerosas familias se desintegraban por completo por la zozobra que reinaba. Algunos emigraron a distintos lugares: Súchil, Chalchihuites, México, etc., en fin a donde era posible; varios de ellos corriendo a la ola de destrucción y muerte que arrastraban los levantados, otros siguiéndoles los pasos que al grito de “Viva Cristo Rey” y “Muera el maldito gobierno” frases que se escuchaban en varios puntos a la redonda, en un acto de defensa de su fe.Uno de los grupos principales que tenía asolada la región era comandada por Damacio Barraza originario de San Miguel de Temoaya, quien después de algunos levantamientos se incorporó al batallón de Trinidad Mora de Santiago Bayacora. El centro de operaciones de estos alzados fue San Miguel de Temoaya, desde donde se trasladaban a los diferentes poblados a reclutar personas con la finalidad de engrosar sus filas, so pena de muerte a quienes se resistían, pues se declaraban automáticamente enemigos de los cristeros. Numerosos pobladores cavaban cuevas, túneles o sus propias tumbas, otros con mejor suerte buscaban un lugar donde esconderse de los revoltosos pues temían ser incorporados en contra de su voluntad a la causa.A su paso por las rancherías dejaban olor y sello de destrucción y muerte, los jacales eran asaltados, los que corrían con menos suerte eran incendiados, las pocas o muchas cabezas de ganado que tenían la suerte de cruzarse en el camino de los alzados, eran arreadas sirviendo como contribución a la causa. Varios desmanes se realizaron aprovechándose del caos y el miedo que pululaba por todos los poblados.Cierta ocasión el 2 de marzo de 1929, un gran jolgorio se celebraba en una de las casas que se encuentran contiguas a la plaza de armas de San Francisco del Mezquital, con gran júbilo los alzados bailaban, se emborrachaban, en fin se divertían manifestándolo por sus gritos y sus risas permanentes, acompañados por las damas de la región que algunas voluntarias y otras a fuerza, convivían con los defensores de la religión, eventos que eran comunes cuando bajaban a Mezquital. En ese mismo lugar fueron sorprendidos por miembros del ejército, intempestivamente aparecían soldados por todos los puntos cardinales, esta vez cuando fueron avisados fue porque los tenían encima, había varios escondidos en la torre del templo, por la azotea de los portales, en fin surgían por todos lados. En esos días entre los alzados se había corrido la voz de que cualquier día podría llegar el gobierno, dispuesto a amnistiar a quien quisiera y estuviera dispuesto a entregar las armas. En esta ocasión al ver lo que acontecía en sus rostros se dibujaba una aureola colmada de incertidumbre, se percibía el miedo al ver a los federales, al correr la noticia causó un gran pánico entre los bailadores que se escondían tras las enaguas de las bailadoras; otros rápidamente se disolvían brincando las tapias de los corrales, huían despavoridos por entre las casas, hasta la borrachera era cercenada por temor a ser acribillados por las balas de las huestes federales.Algunos de los principales revoltosos de aquel grupo Don Emilio Deras quien todavía en ese momento ostentaba el grado de General y cuyo centro de operaciones siempre fue San Francisco de Mezquital, Rodolfo Santillán, Isaac Santillán, al ver que estaban acorralados por la milicia desenfundaron sus armas, pero antes de disparar una nube de balas se impactaban contra sus cuerpos, quedando en ese mismo lugar dos cuerpos sin vida, Isaac salió corriendo encontrando en su camino otro grupo del ejército que lo agarraron a boca de jarro cercenándole la vida con ráfagas de plomo, quedando tirado en un lugar cercano al Troncón; Emilio pistola en mano salió del festín echando bala a diestra y siniestra logrando escapar herido; así logró huir sin parque corriendo sin rumbo fijo, los cristeros al ver la escena se quedaron quietos mirando al renegado ocultarse entre los árboles. Resulta que pasaron los días y Don Emilio no daba señales ni vivo ni muerto; grupos de personas buscaban afanosamente por el rumbo donde se perdió sin encontrar rastros de su existencia.No fue sino hasta los 4 días después de que un perro dio con el paradero de su cuerpo pues como señal había llevado hasta su casa un pie con todo y calzado del susodicho, al enterarse los dueños del can, le ordenaron les llevara hasta donde había obtenido ese botín que rápidamente husmeando los llevó hasta donde se encontraba lo que fue el cuerpo de un hombre, pues esta vez era sólo un carcaje con los huesos desnudos, semiescondidos entre el hierbazal de un arroyo a escasos 2 kilómetros del pueblo; en ese lugar había servido como botín para los rapiñeros que se habían disputado su cuerpo. Ahora lucía una osamenta envuelta en un fétido aroma empuñando un revólver. Rápidamente avisaron a los familiares quienes entristecidos cavaron ahí mismo su tumba, dando cristiana sepultura a la osamenta, montándole una lápida que en su epitafio dice: “aquí yacen los restos de un valiente hombre que peleó con gran celo defendiendo su religión”.
Actualmente calificado con 4.7 por 3 personas
- Currently 4,666667/5 Stars.
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5